HABITAR: NATURALEZA ARTE Y REALIDAD

EL PAISAJE ANDADO DE FRANCIS ALŸS


Eugenio Rivas Herencia


II Seminário do Núcleo de Conservaçâo. Paisagem: Do Panorama ao Pertencimento. Universidade Federal do Espírito Santo, Vitoria (Brasil). 2012






“Nunca ha existido naturaleza «virgen».” [1]



Donde habita el hombre la naturaleza parece desaparecer. Si, como decía Heidegger, el hombre “es un ser arrojado al mundo, [resulta sorprendente que] su primer movimiento consiste

justamente en enfrentarse a él manteniéndolo a distancia”.[2] Cuando nos referimos a lo natural como aquello que se mantiene virgen frente a la existencia del ser humano, a su acción

transformadora, se hace evidente la insoslayable necesidad de superar lo real, de ir más allá, de trascender lo dado. Tendemos a definir lo que nos rodea desde un único punto de vista central:

nosotros mismos. Y lo hacemos anulando aquello a lo que pertenecemos, convirtiéndolo en uno más de los recursos a nuestra disposición.




Francis Alÿs. Cuando la fe mueve montañas, Lima, 2002.



Pero, ¿existe aún la naturaleza? Existen reservas o parques naturales, podríamos decir que sobreviven resquicios de lo natural siempre bajo la protección —o gracias al perdón— de su nuevo amo 

omnipotente, el ser humano; por lo que es difícil defender que la natura permanece allí donde la mano del hombre tiene alcance. Situados en un contexto tan aparentemente apocalíptico, el ser 

humano abre los ojos, se levanta y vuelve sobre sus pasos en busca de su esencia que parece haber olvidado no muy lejos. Recuerda haberla visto no hace mucho, pero ¿dónde fue?, ¿cuándo 

cambió por última vez naturaleza por evolución, por tecnología, por desarrollo, por un aumento de producción, por dinero? Está claro que no es fácil recuperar lo perdido, pero tal vez podamos 

gestionar con mayor sabiduría lo que aún nos queda. Para no acabar con ese delgado hilo que nos une a lo natural hemos de renovar los valores mediante los que nos relacionamos con el 

mundo, respetando los principios de la naturaleza, aprendiendo de ellos para entendernos mejor a nosotros mismos. Si no queremos extingir nuestra propia existencia, hemos de aprender que 

somos parte de eso que pretendemos someter.



Nos encontramos en un entresijo, se trata de una disputa entre el hombre y la Tierra. El ser humano siente la necesidad de definirse respecto a su mundo y en ese acto se saca a sí mismo de 

aquello a lo que pertenece y lo mira desde fuera. Se aleja y vuelve a acercarse, esta vez delimitando el territorio según las medidas que él mismo ha inventado. Al marcar el lugar, al cercarlo, 

se acaba con lo natural y, gracias a la resistencia que la Tierra ofrece, nace un habitar poético, la danza de resistencia y aceptación entre naturaleza y ser humano. Así nace el arte.



Para la humanidad —afirma Félix Duque— “la tierra sólo existe de veras como marcada”[3] de manera que nuestro modo de habitar consistirá entonces en construir el paisaje mientras lo 

transitamos estableciendo los límites de nuestra propiedad. Escapamos de lo natural para definirlo, nos alejamos, le damos valor y volvemos a acercarnos para proteger eso que ahora nos 

parece ajeno, externo, extraño. Olvidamos que no somos más que una parte de eso.



Nos acercamos a la obra de Francis Alÿs para comprobar como el arte puede construir un mundo de dignidad por medio de la actualización de símbolos o mitos. El trabajo de este artista va a 

mostrarnos un paisaje que se funda durante el tránsito de un individuo que se mueve entre los márgenes olvidados de nuestra sociedad comtemporánea. Alÿs señala hacia donde nadie presta 

atención subrayando lo desatendido, lo olvidado.






EL PAISAJE ANDADO DE FRANCIS ALŸS



Existe un tipo de sujeto errante heredero de Baudelaire y de Edgar Allan Poe —nos dice Francisco Javier San Martín— tan inmerso en el devenir de lo humano que en el azar es capaz de 

“perderse incluso en los lugares que conoce”.[4] Con Francis Alÿs nos encontramos frente a ese caminante absurdo. También existe otro tipo de paseante, aquel que alimentado por el instinto 

clasificador de Humboldt y Darwin busca información para realizar una cartografía “poética” de su mundo. Una mezcla entre ambos personajes resume el modo de andar de Francis Alÿs, 

romántico sin rumbo dedicado a la documentación de su divagar sobre un terreno significativo. Su trabajo replantea la relación del ciudadano con las calles, convirtiendo en propio el espacio 

público por medio de la mínima intervención posible. En Algunas veces hacer algo no lleva a nada, 1997, empujar un bloque de hielo hasta derretirlo deviene la mejor estrategia para denunciar 

el contexto socio-político con un lenguaje extremadamente poético a la vez que familiar, la cruda poesía de lo cotidiano.




Francis Alÿs. Paradojas de la praxis: Algunas veces hacer algo no lleva a nada, 1997.



Nos encontramos con un artista improductivo que se enfrenta al progreso a cualquier precio narrando su realidad con una actitud eminentemente anticapitalista. Es un sociólogo, un antropólogo 

y un activista poético. Alÿs no sólo desacraliza la figura del autor, sino que más allá, disuelve la obra y la socializa al incorporarla a su contexto. Este soñador imparable reivindica nuestro 

derecho a «perder el tiempo», a desperdiciar uno de los grandes valores de cambio creados por la sociedad global. La lentitud que asume el viajero del presente es la del hombre que “asume 

literalmente la identidad entre vida y viaje”.[5] Existe en Nepal un modelo de “viajero extremo” —nos recuerda San Martín—, un viajero entregado espiritualmente a su caminar que traza el 

recorrido con su propio cuerpo. Durante el viaje hasta la capital sagrada en Katmandú extenderá su cuerpo sobre el suelo en toda su longitud para recogerlo y volverlo a desplegar de nuevo, 

arrastrándose en toda su largura cada vez. Es otro modo de medir el camino con el propio cuerpo, un modo particular de establecer una escala de referencia entre el ser humano y su mundo, su 

naturaleza, su paisaje.




Francis Alÿs. Línea verde, Jerusalén, 2004.



En la acción Línea verde, Jerusalén, 2004, —dentro de la serie Algunas veces hacer algo poético se convierte en político y algunas veces hacer algo político se convierte en poético— el artista 

traza una línea con pintura verde marcando la supuesta frontera entre Palestina e Israel para cuestionar el poder de los símbolos políticos. Lo concreto, de este modo, se convierte en una mera 

excusa que refiere a un problema de mayores dimensiones: se trata de preguntarse por qué el ser humano vive como lo hace, por qué impone unas reglas o persigue unos ideales, por qué lucha 

contra las imposiciones y por qué se niega a los sueños de un mundo estereotipado diseñado por los poderosos.



Este trazo verde no es una línea de fuga para escapar de nuestras condiciones sino un modo de abordarlas. Como escribe Carlos Basualto: “El paseo, el deambular, la idea de ir de un lugar a 

otro sin la premura del tiempo y sin la necesidad de cumplir un objetivo determinado es el punto de partida y el eje articulador de la mayoría de los trabajos de Francis Alÿs”. El artista hace de 

sus paseos pequeñas fábulas “en las que realidad y ficción se entrecruzan, las verdades sólo son a medias y se cuestiona la veracidad de la realidad”.[6]






CUANDO LA FE MUEVE MONTAÑAS



Alÿs es partidario de superar las situaciones desesperadas con respuestas grandiosas, gestos inútiles y heroicos, absurdos y urgentes. Su actitud es épica, pero no romántica porque huye de la 

mera contemplación y considera que, en lugar de crear utopías, la labor de nuestro tiempo consiste en crear fábulas o mitos. Apuesta por la creación de “una mitología en la que se cuente, de 

generación en generación, lo que la gente fue capaz de hacer cuando tuvo fe”.[7] Como ejemplo literal de ese pensamiento el artista planteó la obra Cuando la fe mueve montañas realizada 

en 2002 para la Bienal de Lima, Perú. En la acción quinientos voluntarios, armados con palas de mano, hacen posible lo que el dicho deja a la fe, llegando a mover una montaña. Palada a 

palada la línea de hombres y mujeres consigue desplazar una inmensa duna de doscientos metros de altura y quinientos de longitud localizada en la periferia de la ciudad. En la acción 

quinientos Sísifos suben hasta la cima y vuelven a descender. Esta vez en lugar de empujar una piedra, mueven la montaña.




Francis Alÿs. Cuando la fe mueve montañas, Lima, 2002.



Este trabajo pretende traducir la tensiones político-sociales en narraciones capaces de penetrar en el imaginario popular. “El propósito de la acción es infiltrarse en la historia local y la mitología 

social”. Si la sociedad ve reflejadas sus preocupaciones y expectativas en la obra, la historia del peculiar acontecimiento “se convertirá en relato que podrá sobrevivir al suceso mismo y trascender 

su naturaleza histórica” pasando a la categoría de leyenda o mito urbano, toda una alegoría social.






MÁXIMO ESFUERZO, MÍNIMO RESULTADO



Cuando la fe mueve montañas despertó la conciencia pública para mostrar la potencia de un esfuerzo elevado que huye de las leyes del sistema en busca de un resultado escueto, pero preciso. 

Darlo todo por muy poco se convierte, entonces, en una fuerza capaz de tumbar a cualquier enemigo. El mismo Alÿs reconoce cómo para expresar su enfado recurre a fórmulas elusivas y 

poéticas, con una elegancia en la que el esfuerzo es el proceso necesario e inevitable para destilar la rabia, el enfado, la impotencia. En el caso del proyecto de Lima, la idea de grupo, de 

pertenecer y verse involucrado en una empresa colectiva de gran envergadura, hace que cada individuo dote a sus actos de sentido. El coraje compartido transforma la energía y, al 

reconducirla hacia una labor poética, adquiere una dimensión heroica, épica.



Por otro lado, lo irracional, lo absurdo de la propuesta, produce una atracción irresistible. Aquello que rompe el sentido atrapa nuestra atención y nuestro interés obligándonos, de algún modo, a 

revisar nuestra estructura lógica. En esta línea, el lema “máximo esfuerzo, mínimo resultado” sería el motor del proyecto, tanto a nivel emotivo como racional: hay resultados mínimos que 

merecen un esfuerzo desproporcionado, y esta inversión lógica obliga a cuestionar las prioridades de nuestro mundo.



La obra, según Medina, “fue concebida como una parábola de la escasa productividad: una tarea descomunal cuyo logro mayor fue casi no tener logro.”[8] Lo que consigue pervertir el dogma 

de la “eficiencia” hasta hacer que la futilidad se vuelva rentable y lo inútil invierta los cauces de la productividad. Es difícil determinar cuál es el camino correcto, o en su defecto cuál el menos 

incorrecto, el menos desafortunado. Aunque en nuestra situación la credibilidad del discurso desarrollista cada vez está más menguada. Preferimos la ineficacia de la estética sostenible a un

progreso sin futuro.






[1] DUQUE, Félix. Habitar la Tierra. Medio ambiente, humanismo, ciudad. Abada-Editores, S.L. Madrid. 2007. p. 37.


[2] Martin Heidegger, referido en DUQUE, Félix. Habitar la Tierra. Medio ambiente, humanismo, ciudad. Op. Cit. p. 126.


[3] Idem. p. 130.


[4] SAN MARTÍN, Francisco Javier. Una estética sostenible. Op. cit. p. 55.


[5] Idem. p. 72.


[6] BASUALTO, Carlos. «Head to toes: Francis Alÿs’s paths of resistance» en ARTEFORUM, Nueva York, abril, 1999. Ref. en VVAA. Revolving Doors. Madrid, Fund. Telefónica, 2003. 
p. 32.

[7] Idem. p. 75.


[8] MEDINA, Cuauhtémoc, «Máximo esfuerzo, mínimo resultado», en ALŸS, Francis. When Faith Moves Montains / Cuando la fe mueve montañas. Op. cit. p. 179.